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Es probable que hayan escuchado el ejemplo de cuando se le pregunta a las personas si se han aventado de una plataforma o trampolín de diez metros en una alberca. El nivel de respuestas positivas es muy bajo y si se les pregunta por qué no lo han hecho o por qué no lo harían hay muchísimas respuestas, casi todas ellas relacionadas a creencias, paradigmas y cosas que traemos en la cabeza. Si les pones el hipotético caso de que un ser querido está en peligro y si hacen el clavado lo puedes salvar, un altísimo porcentaje de las personas dicen que lo harían, sin dudarlo.

Esto es la diferencia de lo que se llama estar o vivir en el nivel actual (mediocridad o zona de confort) o el nivel deseado (ideal). La mayor parte de nosotros podría dar, todos los días, mucho más de lo que damos de nosotros mismos, tanto en nuestras vidas personales como profesionales.

¿Se acuerdan del chiste de tú haces como que me pagas y yo me hago como que trabajo?

En el ser humano se observan con mucha frecuencia niveles de conducta que distan mucho del ideal. Vamos por la vida en la cómoda línea de la mediocridad, que otros llaman zona de confort, pero nos resistimos a dar el salto y nos instalamos en los niveles actuales. Sólo al enfrentarnos a una situación inesperada, una emergencia, sacamos fuerzas y vamos más allá de la “normalidad”.

Eso nos pasa a los latinoamericanos. Aunque podemos dar más, no nos atrevemos a salir de la rutina. Tememos a la caída, al fracaso. Con algunas excepciones, vivimos en el promedio, en la zona de confort, como casi todos y, en consecuencia, obtenemos lo que casi todos.

Imagen:
mexiconovedadesyrealidades.blogspot.com.

Al navegar en las cómodas aguas de la línea media, no podemos llegar más lejos. En el mejor de los casos, nos apegamos al manual, trabajamos como lo que dice el libro, la norma, pero no vamos por la milla extra. ¿Para qué? ¿Cuál es la necesidad?, nos justificamos. Se nos dificulta subir al nivel ideal, nos da flojera, rehuimos a la exigencia de ser excelentes. Esto aplica en sinnúmero de esferas de la vida.

Las decenas de conductas toleradas y aceptadas en nuestros países, por sólo citar algunos ejemplos, son pasarse las semáforos en rojo, todos por igual: automovilistas, motociclistas, ciclistas y peatones; arrojar basura en las banquetas o en la calle, no cruzar en las esquinas, circular en sentido contrario, dejar que nuestras mascotas defequen en la vía pública y no recoger sus “gracias”, esto en términos de la convivencia como ciudadanos en la vía pública; pero también hay decenas de conductas que consideramos normales en casa y en el trabajo. Ésta es nuestra triste realidad. Aceptar cosas que sabemos que no deben considerarse como “normales”.

Este tipo de comportamientos actuales, promedio, se repiten porque no le pasa nada a los infractores. Una actitud así cambia cuando sabemos que, si la hacemos, la pagaremos. Es el caso del conductor irresponsable en México que al llegar a Estados Unidos es un ciudadano ejemplar respetuoso de las normas de tránsito, o bien del turista argentino que al llegar a Chile se convierte en modelo de civilidad en las calles.

Hay algo que nos impide a menudo progresar. El entorno no reta a esforzarnos. En nuestras naciones, siendo mediocres somos el tuerto que es rey en tierra de ciegos. Por eso, muchos científicos, deportistas, ahora chefs, o creadores latinoamericanos exitosos, triunfan en Estados Unidos o Europa. En otras partes tienen los incentivos para ser excelentes, no impera el conformismo y hay estímulos para superarse compitiendo con otros. Se premia el esfuerzo. Es la historia de cientos, de miles, de mexicanos que triunfan, aunque le duela a Donald Trump, en Estados Unidos, tal como lo señala Josefina Vázquez Mota en su libro Sueño que unió la frontera: mexicanos que triunfan en Estados Unidos.

Cada día más de los egresados latinoamericanos de universidades norteamericanas, e inclusive europeas, buscan quedarse en los países donde estudiaron y eso, en el mediano y largo plazos, tendrá enormes beneficios para esas economías y sensibles pérdidas para las nuestras.

Imagen: Alto Nivel

Sin escarbarle mucho, la educación aparece como una de las causas de este pasmo. Estamos condenando a generaciones de niños y jóvenes con este sistema educativo secuestrado y complaciente. No hay un caldo de cultivo para ser los mejores, sino para ser los peores. No habrá evaluación para niños en los primeros dos grados de primaria, no habrá evaluaciones y consecuencias para los muchos malos maestros que hay en el país, principalmente en los estados con peores niveles de desarrollo: Oaxaca, Chiapas y Guerrero.

Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), algunos de nuestros países son los que más horas trabajan en el mundo, pero estamos entre las naciones más improductivas. México ocupa uno de los tres primeros lugares en horas trabajadas al año y estamos en el lugar 3X de productividad. ¿Será que nos hacemos tontos en el trabajo, mientras en otras culturas emplean más efectivamente las horas laborales?

Es una realidad que al sistema político no le conviene que la gente esté bien preparada, que sea más exigente, que quiera cambiar las cosas, que sea más competitiva. Falta una verdadera revolución, un cambio desde la sociedad civil.

Por otra parte, es un hecho que la familia contribuye también a esta condición de mediocridad. Sabemos de muchos casos de padres que toleran, o que se benefician de la corrupción. No sorprende que a veces los modelos a emular son de quienes, por vía de prácticas no legales, adquieren súbitamente autos, relojes, mansiones, yates y jets. En México, es el caso de políticos de cualquier partido, mientras que en Brasil la clase gobernante no deja de ser noticia por sus escándalos de amiguismo o nepotismo, situación que también aplica para Chile, Argentina, Guatemala, Perú, Venezuela y un largo etcétera.

Se extraña la cultura de trabajo, de respeto a las normas y leyes, de altas exigencias en lo educativo, en lo laboral, en el desempeño como ciudadanos ejemplares. En países civilizados esto es la “normalidad”.


Imagen: Blog de Empleo jobandtalent.

Nuestro aparato productivo tampoco favorece la competencia, no premia a los eficientes, a los mejores. Está hecho para beneficiar a los amigos y a quien tiene mejores relaciones. Esto sucede en la búsqueda de un empleo, como en la búsqueda de un negocio. Vender “a los que conozco” o los que me conocen; incluso, para afectar al pequeño. Es el caso de grandes cadenas comerciales, bancos o grandes empresas que ahorcan a los pequeños proveedores. Por el contrario, hay países como Singapur en los que existen leyes que obligan a cuidar a los chicos, a darles por ejemplo anticipos por sus ventas y no ahorcarlos financieramente pagándoles a 90 o 120 días. Otro buen ejemplo de un país que premia y protege a sus PYMES es Italia, donde buena parte de la economía está sustentada. En México, contra lo que muchos piensan, las MIPYMES son los principales generadores de empleo (más del 70%) y más del 50% del PIB.

Entonces, ¿qué hacer? ¿Por dónde empezar?

Muy simple: no esperes a que cambien tus hijos o nietos, o los demás, los otros. No vayas lejos ni esperes a la siguiente generación. Un paso enorme sería comenzar ya con una persona que conoces muy bien: tú mismo.

Sólo por hoy, hagamos algo para superarnos: no me paso más un semáforo; no corrompo a un policía o a nadie; trabajo productivamente en la oficina, no hago negocios sucios; no me estaciono en doble fila o en un lugar prohibido, aunque sea tres minutos para bajarme al cajero; no ando en bicicleta en sentido contrario; tampoco pido un “justificante” médico que no sea verídico.

Olvidemos que el deporte regional es estar en la zona de confort, ejercitemos el músculo para aspirar al nivel ideal. Mejoremos nuestro “performance” en todo lo que hagamos. Nos haría mucho bien y nos “desharíamos del exceso de grasa, nos quitaríamos telarañas en la cabeza, y polvo en nuestro cuerpo”. Ponte el reto de dar el 1% adicional cada día y verás cómo, en muy poco tiempo, obtendrás resultados que pensaste que no podrían alcanzarse.

Fuente: El Semanario